viernes, 23 de enero de 2009

El desarrollo desde la diversidad... ¿Hoy?


La globalización, en el sentido más ligero que se le pueda ofrecer a esta noción –comunicacional, tecnológica, económica, cultural, política, social, e incluso sus interrelaciones e interdependencias- tal como se encuentra configurada en el actual sistema-mundo capitalista –en palabras de Wallerstein- se encuentra expresada de la siguiente manera: una minoría occidental, de corte imperialista, con todos los recursos económicos, políticos y mediáticos a su disposición, crean, desarrollan y expanden sus políticas empresariales a todas las regiones del mundo, las cuales deben aceptarlas y adoptarlas bajo los mismos parámetros en que son presentadas, es decir, existe una relación claramente unilateral entre una minoría poderosa que le impone a la mayoría desmovilizada un sinfín de patrones eminentemente culturales sustentados en una lógica económica.
Lo que resulta interesante dentro de este panorama es la manera en que esa mayoría desmovilizada, poco organizada y alienada, en muchos casos, se asume y se ve a sí misma, y comenzamos a no reconocernos como una mayoría poderosa, sino que más bien nos vemos como un conjunto muy fragmentado de corrientes, grupos, tribus y cualquier otra noción que pudiera salir de una microsociología creativa. Es decir, nos planteamos la lucha como la necesidad del reconocimiento de los negros, de los indígenas, de las mujeres, de los y las homosexuales, transexuales, cultores, y un sin fin de comunidades autodenominadas “minorías”. Ciertamente, existe una expresión numérica de algunas de esas comunidades que le darían validez a este calificativo de minorías, en relación a otros grupos; por ejemplo, las comunidades indígenas ciertamente serían minorías ante la comunidad occidental, asiática o árabe, pero, ¿por qué hablamos de la comunidad negra como una minoría, por ejemplo? Entonces, ¿qué tenemos? Una masa de trabajadores y trabajadoras –si nos referimos a la condición que emana desde la propuesta marxista quizá para la unificación de la gran lucha reivindicativa y revolucionaria de esas hoy “minorías”-, en sus diversas expresiones culturales, que no se asume a sí misma como tal, sino que, por el contrario, adoptan la intención de la globalización neoliberal y del sistema capitalista de continuar con la fragmentación y la desorganización de la mayoría explotada y utilizada para el mantenimiento del status quo.
Ciertamente, en estos momentos, el discurso llamado “contra-hegemónico” ha levantado como principal bandera de lucha el reconocimiento de la diversidad, el reconocimiento de las diferencias culturales, de las diferencias de pensamientos para una convivencia pacífica, basada eminentemente desde el respeto. Con respecto a este planteamiento es difícil estar en contra, al menos en una primera mirada, sin embargo, para quienes creemos en las contradicciones como un elemento característico de los procesos concretos de la realidad social, esta propuesta llevaría consigo planteamientos peligrosos, como por ejemplo el reconocimiento de cualquier cultura y la ingenua convivencia entre posiciones contradictorias en un mismo espacio –esto desde luego, nos llevaría a una larga discusión acerca del carácter y definición del poder-. Entonces, en el actual sistema –caracterizado por esas mismas corrientes contra-hegemónicas como explotador, excluyente, expoliador, denigrante de la condición humana- observamos que hay una propuesta que se viste de revolucionaria y progresista pero que no hace más que quedarse en el mero reformismo, es decir, la búsqueda del reconocimiento del Estado actual, y de sus comandos operativos –llamados gobiernos nacionales- de su cultura, su idiosincrasia. Una suerte de “individualismo revolucionario” que no se plantea la unificación de todos estos grandes grupos “minorías” ni la propuesta de un programa de lucha en conjunto, sino la búsqueda del reconocimiento a MI cultura.
Entonces, en estos términos, cualquier proyecto nacional a partir de la noción de desarrollo, que siga siendo manejado o impulsado por los sectores dominantes de un sistema capitalista, seguirá siendo esencialmente excluyente, mientras no exista un reconocimiento de la fuerza y la mayoría de estos grupos de trabajadores y trabajadoras, como el elemento que les unifica.

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